domingo, 8 de abril de 2018

DON GERMÁN LEGUÍA Y MARTÍNEZ

Lo llamaban igual que al político y ex Primer Ministro francés George Clemenceau: "El Tigre", pero no porque fuera feroz o agresivo, era porque, entre los años 1919 y 1922, ocupó el cargo de Primer Ministro, como Clemenceau; porque fue un político, como Clemenceau; porque en su juventud fue un radical, como Clemenceau; porque tenía un bigote blanco y abundante, como Clemenceau. No era el padre de la victoria, como Clemenceau, pero si era, Germán Leguía y Martínez, padre de catorce hijos. Nacido en Lambayeque, allá por el año 1861, don Germán, se casó con doña Francisca "Panchita" Iturregui, una dama dulce, sencilla y elegantona. "El Tigre" era un hombre muy alto, tanto que se encorvaba un poco para ponerse a la altura de sus contertulios. Su cabellera era abundante y en ella, se asomaban ya algunas canas. Su ceño era un tanto duro y su rostro felino. Detrás de sus gafas se escondían unos ojos negros y brillantes, mas con un aire de malicia. Gafas que unas veces tenían un marco plateado y otras, eran éstos color dorado, tan dorados como las puntas de esos grandes bigotes. Detestaba el lujo y amaba el anonimato. Habían voces que decían que no le gustaba figurar ni tampoco llamar la atención; pero, sin embargo, también se escuchaban otras tantas que lo consideraban como la "vedette" de las fiestas. Vivía modestamente pese a los altos cargos que ocupó. Años atrás, durante el primer gobierno de Leguía, se le encargó la cartera del Ministerio de Relaciones Exteriores. Fue escritor y uno de los "bohemios de 1886" y del Círculo Literario. Aunque lo consideraban un poeta y dramaturgo fuera de moda, escribía también sobre historia y derecho. "El Tigre" se dedicaba a la enseñanza, enseñanza que se redujo al nivel secundario y, por último, alguna vez fue prefecto y magistrado. Discípulo de Manuel González Prada, don Germán, fue quien lo propuso para que ocupara la dirección de la Escuela de Artes y Oficios, cargo que el maestro no aceptó pero le dijo: "si se tratase de un cargo en el que yo pudiese ser verdaderamente útil para el país, lo aceptaría". Leguía y Martínez tomó esas palabras como una promesa y una mañana soleada de marzo del año doce, cuando a don Ricardo Palma le fue aceptada la renuncia al cargo de director de la Biblioteca Nacional, se fue hasta la casa de Prada, en la calle de la Puerta Falsa del Teatro, para proponerle acepte el puesto que dejaba el tradicionalista. Prada en un inicio no quiso por la situación tan fastidiosa que se había suscitado con Palma, pero Leguía, tenaz y hasta con cierta mañosería, le invocó para que no rechazara el cargo.

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Don Germán, que en los inicios de los años veinte, era un personaje influyente y poderoso, se oponía rotundamente a una nueva Constitución. Sin embargo, su férrea oposición no sirvió de nada. Ese mismo año se promulgó una nueva Carta Magna que permitía la reelección indefinida de su primo hermano, el Presidente Augusto B. Leguía. Y es que "El Tigre" esperaba para 1924, sucederlo en el cargo. Esto fue motivo suficiente para que ambos primos discutieran y se distanciaran. Leguía y Martínez presentó su renuncia al cargo de Primer Ministro. Y su renuncia fue aceptada. En su lugar fue nombrado Pedro José de Rada y Gamio, un personaje singular y algo estrafalario, feo y con muy poco carisma. Fue el mismo Rada y Gamio quien en 1923, llegó personalmente hasta la casa del ex ministro en la calle de Juan Pablo (cuadra seis del jirón Azángaro). Allí, Leguía y Martínez, fue acusado de conspirador, se lo llevaron detenido junto a otros "germancistas" y luego, todos ellos, fueron enviados a un duro exilio en Panamá. En ese caluroso país, unos vivían en una modesta pensión y otros, en un departamento incómodo y con apenas unos cuantos muebles. Según menciona Luis Alberto Sánchez, a estos señores se les conocía como "los caballeros de la capa", porque para bañarse se turnaban la misma toalla de baño. Uno de ellos, para ganarse el sustento, hacía algunos trabajos de artesanía. Pasaron los años y el poder de don Germán desapareció por completo. En Panamá contrajo una enfermedad. El clima tropical del lugar impedía que mejorase. Fue así que en 1927, retornó al Perú pero ya estaba muy enfermo. Físicamente era otro. Estaba mucho más delgado, el rostro bastante demacrado y mucho más envejecido. Murió en noviembre de 1928, a los sesenta y siete años y al año siguiente, el presidente Leguía, iniciaba, por poco tiempo, un tercer periodo de gobierno.
Fuentes:
- Luis Alberto Sánchez, artículo para Siete Días (sin fecha)
- Los Señores, Luis Alberto Sánchez
- Nuestras vidas son los ríos, historia y leyenda de los González Prada, Luis Alberto Sánchez
- Historia de la República del Perú, Jorge Basadre

PEDRO JOSÉ DE RADA Y GAMIO

¡Don Germán ha renunciado! Parece ser que se ha peleado con su primo hermano y le han aceptado la renuncia ....... ¡Tremendo lío el que se ha armado! Ahora, ¿qué pasará? Saldrán todos los germancistas. Pero eso no es lo peor de todo. Han nombrado en su reemplazo a Rada y Gamio ...... ¡No puede ser! ¡Rada es un fantoche! Pero así es ......
Pedro José de Rada y Gamio había nacido en Arequipa por el año 1873. Muy joven, apenas con quince años, ingresó a la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Años después, logró el título de bachiller en Filosofía y Letras, además, se graduó también en Jurisprudencia. Tal parece que Rada y Gamio no era muy aceptado en los círculos políticos de ese entonces. El único que lo quería era el Presidente Leguía y ..... nadie más. Fue por eso que su designación como Ministro de Gobierno y Policía, allá por el año 1922, cayó como un baldazo de agua fría. Apenas asumió el cargo recibió, de repente, la más difícil de las órdenes: tomar prisionero al ministro renunciante, don Germán Leguía y Martínez ......! Era una persona que la gente, muchas veces, no la tomaba con seriedad, aunque, a veces, sí, infundía un cierto temor. Lo que quería demostrar el Presidente Leguía, era que las personas eran lo de menos, que lo importante era la autoridad. Autoridad suficiente para imponer respeto a su alrededor.

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Don Germán Leguía y Martínez vivía con su esposa, doña Francisca "Panchita" Iturregui y sus hijos en la calle Juan Pablo, lo que hoy día es la cuadra seis del jirón Azángaro, esquina con la calle Pedro Jerónimo. Era una casa de un solo piso, muy grande y bonita. En una noche de mediados de octubre de 1922, una noche bastante fría donde el cielo era de un azul profundo e intenso, Rada y Gamio, vestido con un jacket oscuro, llegó hasta la casa del ex ministro acompañado por un buen número de gendarmes, algunos policías y unos cuantos soplones que no faltaban. Tocó la aldaba del portón de madera maciza. En la calle reinaba el silencio, era, pues, casi la medianoche. Volvió a tocar la puerta, esta vez, de una manera más intensa. Al no obtener una respuesta rápida, ordenó a su séquito romper el portón. En ese preciso momento salió al encuentro, alto como era y con un gran bigote, don Germán. ¡Pero, qué está sucediendo! "Con todo respeto, doctor, tengo orden especial del Presidente de la República de dar a usted toda clase de facilidades para salir al norte", le dijo Rada. "Entretanto -continuó- puede usted quedar detenido en su casa ...... salvo que sea preciso conducirlo al Panóptico". Mire, doctor, Leguía: "tenemos pruebas que usted ha conspirado. Ya cantaron los germancistas y todo lo acusa a usted". Don Germán profirió un par de fuertes insultos y de paso, le mandó unos cuantos "saludos" a su primo hermano. Sin embargo, y pese a todo, prefirió ir preso. Al poco tiempo, el ex ministro, era embarcado junto a otras personas, rumbo a Panamá.
Don Pedro José de Rada y Gamio, se casó con la señora Sara Ricketts y Murga. No tuvieron hijos. Era un personaje estrafalario, feo y muy singular. De baja estatura y con una abultada barriga. Era, según Basadre, "uno de los más típicos y pintorescos representantes del leguiísmo". Su andar era parecido al de Chaplin. Se hizo famoso por no tener pelo en las cejas y tampoco en su cabeza redonda. Apenas tenía un poco de bigote. Para muchos, Rada y Gamio, les parecía una caricatura. Por su manera de vestir con trajes bastante holgados, unos lo apodaban "chaqué con ruedas" mientras que otros le decían "perro parado". Sus discursos eran eternos, vacíos, melosos, llenos de adulación y elogios hacia el presidente.

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Escritor y diplomático, Rada y Gamio, antes de ocupar la cartera del Ministerio de Gobierno y Policía, fue, por el año veintidós, Presidente de la Cámara de Diputados. También fue seleccionado por el Presidente como Alcalde de Lima, saltándose olímpicamente con garrocha la Constitución y la voluntad popular. Fue Ministro de Fomento y más tarde, de Relaciones Exteriores en la época que fue sancionado el Tratado con Colombia y luego el de Lima en el que Tacna se reincorporaba al Perú y Arica quedaba en Chile. Y a finales del régimen, llegó a ser Primer Ministro. Rada y Gamio vivía en la calle de San Pedro al frente del Palacio de Torre Tagle. En el amanecer del lunes 25 de agosto de 1930, luego de la caída del régimen de Leguía, las calles mostraban un aspecto bastante inquietante. Pequeños grupos de gente habían rodeado Palacio de Gobierno. Horas más tarde, en la misma Plaza de Armas, alguien dijo: ¡a la casa de Rada y Gamio! ¡a la casa de Rada y Gamio! Un grupo de enardecidos manifestantes se dirigió, entonces, hasta la vivienda del ex ministro. Los manifestantes ya frente a la casa, empezaron por arrojar piedras contra las puertas, balcones y ventanas. La casa con un hermoso zaguán y un patio interior adornado con algunas enredaderas, fue totalmente saqueada y destrozada por una turba que no pertenecía al pueblo exactamente. Rada y Gamio había sido tomado prisionero y fue confinado en la isla San Lorenzo pero enfermó. Al poco tiempo fue desterrado a Arica donde permaneció por largos años hasta que pudo regresar al Perú. Rada y Gamio falleció en Lima, en el año 1938 a los sesenta y cinco años.
Fuentes:
- Historia de la República del Perú, Jorge Basadre. Tomo IX, 1943
- "Los Burgueses", Luis Alberto Sánchez
- El Comercio 26/08/1930

JORGE GUILLERMO "AREQUIPA"

Sufrió el destierro en Panamá junto a su padre, don Germán Leguía y Martínez, cuando éste rompió con su primo hermano, el Presidente Augusto B. Leguía, allá por el veintitrés. En Panamá ejerció el magisterio, donde fue muy respetado y aún más querido. Cinco años pasó en esas calurosas tierras. Cuando su padre, gravemente enfermo, se le permitió volver a Lima, él lo siguió, y lo acompañó hasta sus últimos minutos de vida.
Jorge Guillermo Leguía Iturregui, había nacido en Lima, en mayo de 1898. Era delgado y alto, tan alto como lo fue su padre. No era ni bello ni buenmozo pero su falta de belleza se compensaba con el buen humor y la simpatía que irradiaba. Quizá por la facilidad que tenía para entregar una sonrisa. Tras sus gruesas gafas se escondían unos ojos pequeños pero brillantes; eran negros y un tanto agudos. "Fue demasiado bueno para historiador peruano. Además, tuvo más talento que inteligencia", menciona Luis Alberto Sánchez. "Un erudito nato, un amigo perfecto, un alma bondadosísima", escribió Jorge Basadre. Estudió en el colegio de Lima, o de Labarthe. Jorge Guillermo era cordial y sencillo; llano y generoso. Alguna vez firmó como "Mercater" aunque sus más íntimos lo llamaban "Topsius", aludiendo a un personaje de Eça de Queiroz. Caminaba de prisa, tratando de ganarle tiempo al tiempo o, quizá, tiempo a la vida. Agitaba sus manos y es que tenía la costumbre de frotarse las palmas de sus manos mientras soltaba un comentario algo satírico y con un toque de ironía; mas estos no herían y no lo hacían por su mera simpatía. Aunque, ciertamente, muchas veces, esos comentarios eran como agudos dardos que daban directamente en el blanco. Estudió en la Universidad de San Marcos donde se graduó de Doctor en Letras. En los inicios del diecinueve, junto a Luis Alberto Sánchez, Raúl Porras Barrenechea, Ricardo Vegas García, Jorge Basadre y otros sanmarquinos, empezaron a registrar los documentos que con el nombre de "Papeles Varios" guardaba la Biblioteca Nacional. Luego, y teniendo investigaciones muy avanzadas, organizaron el primer Conversatorio Universitario, allí, Jorge Guillermo, expuso "Lima en el siglo XVIII". Fue uno de los miembros de la Generación del Centenario junto a algunos de sus condiscípulos, aquellos que lo llamaba "Topsius": Raúl Porras Barrenechea, Ricardo Vegas García, Luis Alberto Sánchez, Manuel Abastos, Guillermo Luna Cartland y Carlos Moreyra y Paz Soldán y luego Alfredo González Prada, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre, César Vallejo y tantos otros. Cuando regresó del destierro asumió la dirección del Archivo de la Universidad de San Marcos y la cátedra de historia de América.

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Tras el golpe de Estado del 4 de julio de 1919 y con apenas veintiún años, se convirtió en el secretario privado de su tío, el Presidente Leguía. Cuenta Sánchez que cada mañana, Jorge Guillermo, "invitaba a un estudiante a almorzar en la casa de la calle de Pando a fin de que tratara al caudillo". Le gustaba la historia y la geografía y se dedicó a la historia porque llegó a ella por la geografía. Sus primeros trabajos estuvieron fuertemente influidos por su padre y maestro, al que se le señalaba como un historiador romántico. Sobre nuestro pasado republicano escribió y escribió dando cátedra en una columna desde La Prensa, una columna que llamó "Domingos históricos".

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Tras la caída del régimen de Leguía, en agosto del treinta y cuando su apellido fue borrado de cuanta obra, calle, plaza, muelle y todo cuanto uno se pueda imaginar, entre ellas, quizá la obra más conocida, la avenida Leguía, rebautizada como Arequipa; Jorge Guillermo fue encarcelado sin motivo alguno, por culpas que él no cometió. Pasado un tiempo, una tarde al salir de prisión, se le acercó un político del nuevo régimen, pudo haber sido hasta un día antes del golpe, un antiguo y servil leguiísta. Se le acercó y muy afable le tendió la mano diciéndole: "Me pongo a sus órdenes, señor Leguía, soy el coronel Gómez". Jorge Guillermo lo miró fijamente a través de sus gruesos lentes y de manera mordaz y rotunda dijo: "Muchas gracias, coronel, yo me pongo a las suyas, soy ......... Jorge Guillermo Arequipa".
Fue un historiador brillante y sus escritos mostraban elegancia, "capacidad de síntesis y amor a la frase". Pero tuvo una vida fugaz, como un relámpago. Demasiado rápida, tan rápida como fue su andar y al igual que Valdelomar, Mariátegui y Yerovi, no conocieron llegar a los cuarenta, pues, murieron jóvenes; Jorge Guillermo, murió cuando se desempeñaba como Secretario General de la Universidad a los treinta y seis años, en el año 1934.
Fuentes:
- Cuaderno de Bitácora, Luis Alberto Sánchez
- Testimonio Personal Memorias de un peruano del siglo XX, Tomo I, Luis Alberto Sánchez,
- Hombres e ideas en el Perú, Jorge Guillermo Leguía

sábado, 31 de marzo de 2018

RECUERDOS DE UN PADRE

La miopía hacía que mirase fijamente, tratando de ver, pero no siempre viendo con claridad. ¡Papá, tú no usas anteojos por pretencioso! Y es que don Manuel González Prada se estaba poniendo cada día más y más miope, pero no le importaba quedarse sin visión, con tal de no perder ese porte gallardo que tenía.
Era alto y esbelto -medía un poco más del metro ochenta-, de complexión atlética y muy elegante. Sus ojos eran azules y su nariz perfecta. Sus cabellos plateados y su bigote agresivo. Tan agresivo como su barbilla. Y su voz, su voz, pues, era casi como un susurro y su sonrisa casi imperceptible. Blanca la corbata y negro o azul el corte del traje severo. Hasta los cuarenta y cinco usó patillas al puro estilo español; pero un día, yendo por la calle, se miró a un espejo y se vio, según él, tan absurdo con aquellos pelos, que entró a la primera barbería que encontró en su camino y se las hizo afeitar. Hasta los últimos años de su vida caminó de manera muy erguida. Un periodista chileno, Jorge Hübner Bezanilla, que, por el diecisiete, pasó varios meses en Lima, escribió, poco después de la muerte de Prada, que lo vio pasar cientos de veces por las calles de la capital y siempre lucía alto y magnífico. Aunque siempre andaba del brazo de Adriana, su esposa, una mujer muy hermosa que lo miraba con adoración, atraía de todas maneras las miradas de todos aquellos que pasaban a su costado. Prada tenía una personalidad muy fuerte, un polemista, sin embargo, nunca mantuvo una controversia pública. Su estrategia era atacar y solo atacar sin replicar al adversario. Ningún insulto ni calumnia logró cambiar su línea. Lo pintaban como un hombre violento y amargado. Mas no era así. Dentro de su casa era otro. Era un Prada muy distinto. Tan distinto a lo que manifestaba en sus escritos sobre política y religión, tan severos y agresivos. En casa era tranquilo y pacífico; alegre y juguetón. Don Manuel era, étnicamente, casi totalmente español. Su familia, por ambas líneas, venía del Reino de Galicia, pero también tenía sangre irlandesa, por su abuela materna, hija de madre española y padre irlandés de apellido O'Phelan. El propio Alfredo, se sorprendía de los rasgos irlandeses de su padre. Lo encontraba muy parecido a un político natural de esas tierras, Charles Stewart Parnell, que andaba casi por la misma edad de don Manuel. El parecido era notable, solo que Parnell llevaba barba y Prada no. Pero era la misma nariz, los mismos ojos, la misma frente y hasta la misma arrogancia.

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González Prada vivía junto a Adriana y su hijo Alfredo, en una casita muy bonita y atrayente en el centro de Lima, en una calle que se llamaba La Puerta Falsa del Teatro, al costado del Teatro Municipal (hoy Segura). Tenía un solo piso. En la parte de atrás había un pequeño patio con pisos de losetas sevillanas, estaba lleno de macetas con plantas y con abundantes geranios, algunas margaritas y unos cuantos pensamientos. Por una de las paredes se descolgaba una colorida buganvilia. Al costado de la puerta de entrada a la casa había una ventana. Una ventana con esas rejas como las de antaño. Por esa reja crecía una vistosa pasionaria o madreselva. En las noches, cuando el cielo se torna de un azul cobalto intenso, por aquella ventana tapizada por la verde enredadera, se dejaba ver la tenue luz de la lámpara del escritor. Solía levantarse temprano, no tanto así como madrugar, pero era más o menos al sonar de las siete campanadas. Tomaba desayuno en familia y el resto del día lo pasaba en su escritorio leyendo y escribiendo, excepto el tiempo que ocupaba para ir a almorzar. Algunas veces, al mediodía, solía ir caminando hasta el colegio de Alfredo para recogerlo. Prada en la intimidad de su casa era afable, comunicativo y un bromista memorable. Alfredo lo podía interrumpir cuantas veces quisiera. Si no siempre esas interrupciones eran bienvenidas sí era muy tolerante. ¡Pero papá, le decía, tú no haces nada, tú lees todo el tiempo! Él se reía divertido, no respondía nada, pensaba, tal vez, en algunos maliciosos que no hacían otra cosa más que creer que era un ocioso. No podían entender la extenuante tarea de un hombre dedicado a las letras. No les cabía en la cabeza que alguien tan inteligente se contentara con un pequeño ingreso y no buscara ocupar un alto cargo en el gobierno. Es que no le interesaba. Lo que le ofrecían no iba con sus principios y eso bastaba para no aceptarlos. Lo único que aceptó, porque iba a estar rodeado de libros, fue la dirección de la Biblioteca Nacional, allá por 1912. Y en su biblioteca particular se sentaba en una silla bastante incómoda. Era dura pero le gustaba y la quería. En esa silla don Manuel se la pasaba horas de horas corrigiendo sus agresivas páginas, o simplemente para pasar ratos en una posición estática e inmóvil. Parecía que no necesitaba un minuto de descanso. En el silencio de su biblioteca, lo acompañaba su vieja perra Nani y Michi, una traviesa gata de un andar elegante y sigiloso. A veces cualquiera de los dos animalitos saltaba sobre sus rodillas y se acurrucaban para dormir en sus piernas y Prada ni se movía, sólo los dejaba soñar.
Una de sus mayores fobias eran las cartas y el hecho de tener que responderlas. Sobre su escritorio podía amontonarse cerros de correspondencia, en espera de respuesta. Respuesta que la mayoría de veces nunca llegaba a escribir. Era como si las manos se le paralizaran. Alfredo alguna vez lo vio por largo rato con la pluma en la mano ante el papel intacto, completamente en blanco. Por el año quince a Alfredo se le dio por andar por la casa con una cámara para tratar de sacarle una instantánea a su padre. ¡Imposible! Y es que otra de las fobias de Prada era su propia fotografía. Cada vez que Alfredo "intentaba" enfocarlo con el lente, su padre le hacía mil y un muecas, riendo a más no poder y, claro, el que terminaba con el rostro triste era su hijo al no poder cumplir con su cometido. Pero un día ¡ay, lo logró! Logró sorprenderlo sentado en la mesa del comedor, preparando goma de pegar para sus papeles. Y si de papeles se trata. Los libros (cerca de tres mil volúmenes), fueron más que importantes en su vida. Cada uno de ellos era un tesoro. Un tesoro que cuidaba de las fastidiosas polillas que de vez en cuando rondaban las duras tapas. Por eso, cada año, se realizaba la ceremonia de "limpiar los libros". Él mismo preparaba su "polillicida" con una mezcla de kerosene, almidón y otros químicos. Entendía de químicos porque había tratado con ellos hacía muchos años atrás, en sus días de agricultor. El ambiente quedaba oloroso pero eso no importaba. Cuenta Alfredo que verlo coger un libro, era un verdadero placer. Los cogía con el mayor cuidado y respeto. Nunca marcaba una hoja, ni con la línea más tenue de un lápiz.
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En la mañana del lunes 22 de julio de 1918, Adriana le leyó algunos cables. Horas más tarde, hubo un pequeño temblor pero él, como de costumbre, ni se inmutó. A eso de las once, al colocarse los zapatos, le hizo notar a su esposa que sus piernas no estaban hinchadas como otras veces, "todavía puedo vivir unos tres años", le dijo. Ella le tapó la boca con un beso para que no siguiera hablando. Luego leyó un rato La Prensa. Alfredo no estaba. Era ya un diplomático y se encontraba en esos momentos en Buenos Aires. En el almuerzo apenas tomó un vaso de leche. De pronto, cerró los ojos sin seguir hablando. Murió de manera fulminante, de un ataque al corazón. Tenía setenta y cuatro años. Murió como él lo deseaba, tan repentinamente como un rayo, liberándose de una enfermedad. Una enfermedad que muchas veces puede ser el anuncio de una muerte.
Fuentes:
- Nuestra vidas son los ríos, historia y leyenda de los González Prada, Luis Alberto Sánchez
- Recuerdos de un hijo, Alfredo González Prada