martes, 5 de junio de 2018

ESAS NOCHES INOLVIDABLES

Tarde, cuando entraba la noche y el cielo iniciaba a colorearse de un tono entre el azul intenso y el cálido violeta, las parejas, elegantemente trajeadas y perfumadas, solían atravesar el aún silencioso y aristocrático Paseo Colón bordeado por sus pequeñas quintas, sus atractivas casonas y sus hermosos palacetes. A veces, en algún sábado por la noche, se podía escuchar desde alguna de estas grandes y vistosas mansiones, el eco de algunas risas además de la música de una orquesta, quizá fuese la del maestro Nello Coeci. Atravesaban el paseo en alguno de los pocos y ligeros automóviles Ford que andaban, por ese entonces, por las pequeñas calles de Lima. Pequeños faroles iluminaban los naranjas senderos del antiguo Parque de la Exposición luciendo sus frondosos encinos, sus esbeltas palmeras reales, sus pinos y sus altos cedros; senderos que llegaban hasta la bonita pileta empedrada que abría el paso a las puertas de cristal del restaurante del Parque Zoológico.

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El restaurante del Parque Zoológico se ubicaba en el filo del mismo zoológico, que por entonces, era un lugar de esparcimiento muy bonito, muy pintoresco y muy elegante; con sus delgadas jirafas de fino cuello, sus robustos elefantes, sus alegres cotorras, unos divertidos monos y dos melenudos y aburridos leones. Y se podría decir que este tan famoso restaurante en las décadas del diez y del veinte, que fue refugio de gourmets, bailarinas y de limeños bailarines que amaban las fiestas y las jaranas hasta que el sueño los gane, pues, no era nada aburrido y no era nada pequeño tampoco pues en él, podían acomodarse casi hasta unas mil personas. Funcionó durante muchos años dentro de los jardines de la Exposición. Sin embargo, fue recién que en el año 1910 que se construye un nuevo lugar. Un lugar animado y sensual a la vez; con sus grandes cristales, sus finitas y altas columnas envueltas en frescas y coloridas enredaderas. El local del restaurante del Parque Zoológico, por su sobrio y amplio espacio, se prestaba para los grandes eventos. Tenía una gran terraza, una terraza abierta, fresca y agradable en los calurosos veranos; acogedora y tibia en los cálidos otoños y es que, desde allí, no solo se escuchaba el canto de las aves del vecino zoológico, sino también, llegaba el aroma de las malvas rosas, de los jazmines y las magnolias, además, gozaba de la sombra de las espesas copas de los altivos cedros y los pequeños y pomposos choloques.
El gordo José Visconti, era, junto a Samuel Velásquez, propietario del lugar. Ambos eran bastante sencillos y ambos eran también, propietarios del elegante Hotel Maury y creo que también lo eran del no menos famoso por esos años, el Palais Concert. En el año dieciséis o diecisiete, llegaron a Lima, y en tres diferentes fechas, tres famosas bailarinas, Anna Pavlova, Norka Ruskaya y Felyne Verbist para presentarse en el antiguo Teatro Municipal; ellas tres estuvieron alojadas en el Maury y en el Maury nació un tórrido romance entre la Verbist y el buenmozo de Alfredo González Prada. Afable, bromista y gran conversador, Visconti no perdía la oportunidad de acercarse hasta las mesas para dialogar un momento con los comensales, aunque sea para preguntarles si estaban cómodos o si la cena les había parecido buena. Pedrín era el maître; un caballero italiano gordo y bonachón; bullicioso y risueño; simple y amiguero. Allí, en el enorme salón de cristales, habían unas ochenta y hasta cien mesas si es que no eran más; pequeñas mesas todas vestidas con gruesos manteles blancos y delgadas sillas de esterilla. Para la hora de almuerzo, casi todas las mesas tenían reserva permanente, para tal vez, cerrar un negocio. Caía el sol de la tarde con el crepúsculo y sus tonos de luz entre el amarillo, el rosa o el rojizo; luz que ingresaba por aquellos grandes ventanales. A esa hora, empezaba la hora del té -la hora propicia para el flirt-; a esa hora era clásico ver a las regias señoras con sus trajes ceñidos, sus muselinas estampadas y sus grandes sombreros de plumas y a ellos, luciendo sus escarpines y un clavel o una violeta en las duras solapas de sus sacos. Era un ambiente encantador y encantador era también el fondo musical improvisado de un jazz-band que provocaba dejar de lado la hirviente taza de té, para llegar hasta la pista y dar unos cuantos pasos de baile. Y a la hora del cocktail, se formaban grupos junto al mostrador, donde a veces se acercaban alegres las parejas a pedir un Oporto para luego desaparecer de la escena y cuando volvían, se disparaban las bromas algo subidas de tono. Otros, sentados en torno a las mesas, comentaban los últimos chismes políticos o sociales; cerraban algún negocio o algún plan de juerga y hasta alguna broma que les serviría para reír durante toda la semana. La hora cocktail era la hora del buen humor. Prohibido era estar de mal humor. El que tenía alguna pena viva, pues, la escondía para no matar la alegría de los demás. Y qué decir del servicio de buffet, magnífico y fueron magníficos los banquetes donde alguna vez fue homenajeado algún alcalde o un candidato; un embajador o algún conocido político y hasta un presidente de la República.

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Pero la diversión, el goce y el placer en el restaurante del Parque Zoológico ocurría en las noches; en los espectáculos de cabaret y en el ritmo y compás de la orquesta de las siempre sonrosadas y gruesas damas vienesas, que en los intermedios repetían los bailables. Aunque era cuestión de suerte, pues habían noches en que estas maestras de la sinfonía, parecían haber amanecido de espaldas o con el pie izquierdo pues no existía un dios, magia ni ruego que las haga mostrarse asequibles y con ganas de complacer. Eran famosas las cenas danzant con las chicas bailando bien apretadas a sus parejas, aprovechaban en lucir sus trajes sensuales y sus finas siluetas; sus talles a la cadera, sus largos collares a la moda de Coco Chanel y sus sombreros charleston y al ritmo del charleston, del fox-trot o de un tango solía bailar el canciller de los años veinte, Alberto Salomón, siempre elegante y siempre con una atractiva sonrisa. Salomón, vestido de un saco oscuro como la noche, giraba al son de la orquesta, recorría la brillante pista de madera de un extremo al otro. Todo, bajo la atenta mirada de los asistentes. Un espectáculo. Daba pasos suaves y rítmicos mientras le hablaba al oído a su pareja, una rubia y bonita parisina que había conocido en uno de sus viajes por esas lejanas tierras.
¡Garçon, un absinthe! Chocaban las copas y el dorado champagne; corría el vino rojo y el aromático absinthe. Y corría también, la sensualidad y la algarabía; el polvo de cocaína y el humo de los Zuzini o de los Lucky Strikes. Al fondo y más allá de las mesas, había un proscenio para los espectáculos de varieté en esas largas noches y hacia la medianoche, se abría misteriosamente, detrás de ese proscenio, una sala de juegos. Aparecían los caballeros rodando los dados con las barrigas llenas y llenos los vasos del dorado licor. Al costado, corría la ruleta y en otra sonaban las barajas y caían las cartas del baccarat o del "chemin de fer". Los vestidos vaporosos de las damas flotaban como el humo de los largos cigarrillos, y tras cigarrillo y cigarrillo; tras los efectos del champagne y del vino; de la cerveza o del pisco; los escasos automóviles de alquiler, puestos especialmente para las largas noches en el Zoológico, no se daban a basto y los chauffeurs salían disparados llevando a los alegres comensales con rumbo a sus casas o a seguirla en algún local madrugador de la antigua Lima hasta que termine la noche e inicie la violeta madrugada. Así pasaban las noches, las interminables noches de esa Lima que aún, por esas épocas, era una pequeña aldea.
El restaurante del Parque Zoológico, al igual que el Jardín de Estrasburgo, el Palais Concert y otros, cerraron para siempre sus puertas a inicios de la década del treinta.
Fuentes:
- Valdelomar y la Belle Époque, Luis Alberto Sánchez
- Testimonio personal, Luis Alberto Sánchez
- Una Lima que se fue

sábado, 2 de junio de 2018

EL PODER TRAS EL PODER

"Solo un puñado de imágenes fotográficas da cuenta fidedigna de que realmente existió, que los peruanos no lo habíamos imaginado". (Guillermo Thorndike)
Por aquellas épocas se escuchaba decir que, "de una sola mirada conocía a la gente, que era imposible engañarlo, pues sus ojos tenían poderes especiales"; y sus ojos, de mirada afable, eran pardos y ahumados; acuosos y simplones. Parecía inofensivo. Era pequeño de estatura, delgado, casi con un aspecto débil pero no de débil, sino, de amplia sonrisa. Hablaba con una "vocecita sin aristas ni matices, con la pobreza y las faltas de lenguaje de quien nunca ha leído un libro desde que pasó por el colegio". Alejandro Esparza Zañartu había nacido en los inicios del siglo XX, en el año 1901, en La Tahona, Cajamarca, lugar donde el cielo es azul, claro y diáfano durante el día, frío en las azules noches y en las violáceas madrugadas.

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En un encuentro en la prefectura con el periodista Raúl Villarán Pasquel, hombre alto, robusto y fumador empedernido, éste le preguntó: "Pero, ¿usted es capaz de cualquier cosa para defender a Odría, no es cierto señor Esparza? El Director de Gobierno mostró una sonrisa de dientes largos y le respondió suavemente: "....... yo puedo hacer uso legítimo de la fuerza en todas sus formas, puedo apelar a la muerte legítima. Podría matar y no mato a nadie. Si hay miedo, la muerte no es necesaria".
Poco se sabe de él. De él se sabe que vivió en el seno de una familia pudiente. De muchacho recorrió todo el Perú como representante de la Casa Grace que, por ese entonces, vendía las primeras cajas registradoras para los comercios, y poco tiempo después, pasó a ser un oscuro mercader de vinos y piscos. Fue amigo de su paisano, Zenón Noriega Agüero, quien tenía casi su misma edad y que llegó a ser General del Ejército y el número dos de la Junta de Odría; esto le sirvió a Esparza Zañartu para ser convocado y posteriormente ser nombrado Director de Gobierno para convertirse en un todopoderoso, pues sus órdenes se cumplían a rajatabla y sin duda ni murmuraciones. Para acceder a él, había que pasar de una instancia a otra, gracias a tarjetas de recomendación. La ansiada entrevista podía tardar desde una semana o uno, dos y hasta tres meses, solo para que Esparza presentara en el momento un rostro que no movía un músculo, desencajado y adusto o al mismo tiempo insinuase un favorcito, a la vez que miraba las rodillas de la mujer que, suplicante y con lágrimas en los ojos, llegaba hasta su despacho en la plaza Italia.
No cualquiera, pues, que se sentara frente a él en ese despacho de "paredes grasientas" separado por tan solo un macizo escritorio de madera lleno de timbres y teléfonos, sentía en su mirada "ganas de caer bien". Muchas veces "no se levantaba a saludar al que lo visitaba, a muchos no los hacía sentarse. Hacía una venia para ver qué querían, y sin despegar los labios, escuchaba cuando les tocaba hablar o balbucear". Y es que algunos personajes ante este oscuro "hombrecito adefesiero e intemporal de cara apergaminada y aburrida", los atacaba el "nerviosismo y la excitación", creían haber detectado a un Esparza; pero ese Esparza no era el único Esparza, aunque acaso fuera, en esos momentos, el menos peligroso, el más manso, el Esparza social, "la fiera de sociedad".
Cuanto más fuertes los hombres, más vigilados estaban por el aparato nacional de este pequeño y silencioso hombre que empleaba todo, desde chóferes o prostitutas; secretarias o confidentes. Pero no era de eso de lo único que se valía. Se valía también de cartas abiertas, líneas telefónicas intervenidas y de micrófonos escondidos. No había diálogo, sino garrotazos. Y sin embargo, el que disponía de las torturas o utilizaba las tenazas eléctricas, podía sonreír ante quien estuviera sentado al frente suyo y el que estuviera frente a él podía terminar sintiendo una atracción fatal ante esa amplia sonrisa.
"La gente imagina que trabajo de verdugo durante las noches, que me paseo por los calabozos, que yo mismo vigilo a los enemigos del régimen. No importa. Ese es precisamente el origen de mi poder".
Acaso su caminar como en punta de pies y el querer arrinconarse era -quizá- consecuencia del poder en la sombra, de la atmósfera de penumbra en la que se desempeñaba, aunque este poder le pertenecía en su totalidad al General Odría. Y desde la penumbra y la sombra gubernamental, este siniestro y tenebroso personaje era quien todo lo sabía y quien informaba en los atentos oídos del Jefe Supremo. Desde la sombra manejó la gigantesca maquinaria de control y represión del Ochenio. Con los métodos utilizados para corromper, exiliar, intimidar, encarcelar, torturar o desaparecer a los adversarios, consiguió anular todos los intentos de rebeldía contra el régimen, especialmente si esta venía del lado de los apristas y comunistas. "¿Usted sabe a cuánta gente he enviado yo al destierro?, le preguntó de golpe a Raúl Villarán, "la gente cree que han sido miles -respondía-, y en realidad no han sido ni cien". El cargo le permitió llevar su tarea en las sombras, aunque ya todos sabían quién estaba detrás de esa sombra, de esa represión. El poder que alcanzó parecía excesivo para el cargo que desempeñaba, el de eterno Director de Gobierno, que, aunque era, por esos tiempos, el cargo más poderoso del país, era casi el de un subalterno. Sin embargo, no era excesivo para el hombre que todas las mañanas conversaba a solas con el Presidente de la República. Gozaba de amplia autonomía; autonomía no solo para vigilar a los gobernados, sino también, a los gobernantes pues con sus métodos hacía seguir a cuanto quisiera caer en los excesos. Esparza no lograba comprender a la aristocracia de esos días que, por lograr algunos favores, le guardaba el mejor asiento en algún banquete privado y para un banquete en el Club Nacional, cuentan que una fría noche invernal, se quedó una hora dudando ante una docena de corbatas colocadas encima de su escritorio de su despacho. Es que tenía que encontrar la adecuada para el traje gris claro o el beige desentonado que solía vestir; en vez del azul oscuro que marcaba la etiqueta de los años cincuenta. Y en un oscuro rincón solía pararse en aquellas reuniones sociales en las que era como un intruso. En una mano sostenía un vaso pleno de whisky, y la otra, en el bolsillo del pantalón. Siempre con una sonrisa como incapaz de cometer una maldad, de tener un gesto brusco o de encarcelar a cualquiera que se oponga a la Dictadura odriísta.
No le gustaba ser fotografiado. Sin embargo, el periodista de La Prensa, natural de Cajamarca también, Guillermo Hoyos Osores, en una cálida tarde de verano, al llegar al antiguo aeropuerto de Limatambo, se encontró cara a cara con el mismo Esparza Zañartu. En ese momento, un fotógrafo de la revista 50, les tomó una foto juntos y después la publicó con una leyenda que decía: "el gobierno y la oposición juntos". Según donde estuviera podía hablar a media voz o dar órdenes con esa brutalidad de quien se sabe será obedecido siempre. Alejandro Esparza Zañartu, pues, controlaba también todos los cuerpos policiales, las prefecturas, vigilaba los aeropuertos y hasta las cárceles. Se movía por una silenciosa y pacata Lima en un rápido automóvil negro, lleno de antenas y seguido por varios patrulleros y vehículos con matones particulares. Solía inclinarse levemente ante los ricos; no parecía impresionarlo la pobreza ni conmoverlo el llanto de aquellos que diariamente colmaban su tenebrosa sala de espera llena "de policías de uniforme y de civil y oficialistas apretujados en cuartitos claustrofóbicos".
Esparza lejos de los hombres encumbrados y de las miradas atentas de esas damas luciendo esplendorosos vestidos ceñidos en la cintura, de esos fastuosos abrigos de pieles de visón, y además, luciendo sus finas joyas; lejos de los ambientes llenos de brillantes luces y mesas cubiertas con finos manteles y numerosos cubiertos, recuperaba en la intimidad de su frío despacho su voz, esa voz que se convertía en otra, en una muy diferente ante una hilera de cinco o seis teléfonos, teléfonos que podían activar la furia de una dictadura. "¿Qué opina de lo que Mario Vargas Llosa ha escrito sobre usted en su novela Conversación en la Catedral?" -le preguntó el periodista César Lévano para la revista Caretas- "No he comprado todavía el libro. Él ha debido conversar conmigo antes de escribir para cerciorarse. Yo le habría dado datos. Algunos amigos me han dicho que habla muy mal de mí. ¿Por qué no se viene dentro de tres meses? Yo le puedo enseñar mis memorias. Ahí digo muchas cosas interesantes", le respondió.
Al final del Ochenio y cuando Arequipa decidió rebelarse nuevamente, Odría lo nombró, el 16 de setiembre de 1955, Ministro de Gobierno. Renunció al cargo el 24 de diciembre de ese mismo año, gracias a la insurgencia en esa parte del sur del país. Al poco tiempo desaparecería sin dejar huella ni rastro. Al parecer estuvo viviendo en Madrid. Años después, regresó al Perú refugiándose en su casa-huerta de Chosica. Allí recibía cada cierto tiempo a dos políticos del partido que alguna vez persiguió a morir, a Ramiro Prialé y a Armando Villanueva del Campo. El pequeño hombrecito de la sonrisa silenciosa, falleció en Lima, en el año 1985.
"No estoy arrepentido de los abusos. Creo que dimos al país la época en que más fácil trabajo hubo".
Fuentes:
- "Los apachurrantes años cincuenta, Guillermo Thorndike 
- "Última Hora, el rey de los tabloides", Guillermo Thorndike 
- "Memorias de una pasión. La prensa peruana y sus protagonistas, Tomo I (1948-1963)", Domingo Tamariz Lúcar 
- Testimonio de Mario Vargas Llosa

miércoles, 30 de mayo de 2018

POR EL VIEJO JIRÓN DE LA UNIÓN

A mediados de la década del diez, Lima era una pequeña aldea. Una aldea polvorienta y somnolienta. Era una Lima confidencial y silenciosa; una Lima donde todos se conocían y una Lima gentil pero no melosa. Bastaba un saludo o tan solo una frase para citarse nada más al encontrarse. Una Lima para reunir a dos amigos a tomar "cualquier cosa" y cualquier cosa ya sabía el camarero qué significaba. Para uno llevaba un pisco ligeramente teñido del color del vermouth con un toque de amargo y para el otro, un pisco coloreado un tanto aromático. Y aromático era el perfume de las flores cuando a la hora del meridiano aparecían andando algunas floristas llevando en sus canastas grandes y coloridos jazmines y es que en esas épocas no había más ambulantes que aquellas floristas y unas cuantas fruteras vendiendo sus paltas, paltas que eran todo un lujo traídas desde la aún lejana Chanchamayo.
El jirón de la Unión es tan antiguo como la Fundación de Lima. Antes de llamarse así, cada una de sus once cuadras llevaba un nombre diferente, de acuerdo a algún negocio o dependencia que allí se encontraba. Puente de Piedra, Palacio, Portal de Escribanos, Mercaderes, Espaderos, La Merced, Baquíjano, Boza, San Juan de Dios, Belén y Juan Simón. Sin embargo, donde reinaba el encanto y el deleite; los galanes y el glamour, estaba entre la Plaza de Armas y la antigua Plazuela de la Micheo que dio paso, años más tarde, a la Plaza San Martín.

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Eran los tiempos de la Belle Époque, eran los tiempos de los cambios de gustos y colores. Eran los tiempos del champagne y del ajenjo; del caviar y de los champiñones. Eran los tiempos del Palais Concert y de la Aurora Literaria y eran los tiempos de las mujeres bonitas que llamaban la atención con sus trajes ceñidos, sus sombreros de ala ancha, sus inmensas plumas o flores y tules o gasas. Eran los tiempos de los políticos y de los no tan políticos; de los tenorios y de los dandis que aparecían al repiquetear de las doce campanadas de La Merced. Siempre elegantes y siempre llamativos y llamativos eran los llamados "huachafos" que, al caer el sol, salían a la luz perfumados de su aroma favorito, la Violeta de Parma; y de tonos rosas y violetas eran, en ese distinguido jirón, algunas de las vistosas vitrinas. Y a las seis de la tarde, las damas asistentes a la vermouth del Teatro Excelsior, recibían sus 'boutonnieres' de flores. Por ese paseo nacieron y murieron muchos amores; hubo muchos encuentros y también desencuentros. Una famosa cigarrería era el mentidero de moda allí, junto a la calle Mantas, donde escritores y periodistas entraban y salían presurosos de Mundial y en Mercaderes estaba la peluquería de un tal Guillén donde los señores, recién rasurados, salían a las puertas para que las señoras los vieran luciendo sus grandes bigotes. La gente se saludaba quitándose el sombrero y sin sombrero podían acabar algunos si se refrescaban y estimulaban con un trago de más en las Gotas Amargas y la redacción de Variedades estaba a unos cuantos pasos nada más y era Clemente Palma, su director, que acompañado de un cigarrillo Zuzini en la mano al lado del estupendo fotógrafo, don Manuel Moral, saludaba de una manera no muy efusiva a don José Pardo y Barreda que a inicios del siglo, siendo Presidente de la República, al lado de su alto y delgado edecán y muy elegantemente trajeado de negro con sus finas corbatas parisinas, caminaba tranquilo por sus angostas veredas recibiendo el saludo amable de unos y no tan amable de otros. Eran otras épocas. Pero dejando atrás a Clemente con sus grandes y gruesos bigotes y a don Manuel con sus poses de don Juan; sobre la calle Espaderos, se erguía, en la puerta del Broggi y Dora, la figura alta, carismática y galante del director de la Opinión Nacional, don Andrés Aramburú, siempre de levita, siempre con un ramo de violetas en la solapa y siempre con escarpines. Aramburú podía conversar largo rato con algunos políticos, acompañados de la especialidad de la casa: un bitter batido o un cocktail de fresas.

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Eran otros tiempos donde sobraba el tiempo. Pero el tiempo pasó y también pasó la Belle Époque y pasaron Valdelomar y Mariátegui; Vallejo y Pradita. Pasaron el Palais Concert y la Aurora; el Broggi y Dora y las Gotas Amargas. Pasó el Jardín de Estrasburgo y los valses de las sonrosadas damas vienesas. Muchos se fueron y otros llegaron como llegaron los treinta y las afinadas siluetas; los cuarenta con sus grandes Cadillacs y los lujosos Lincoln que recorrían el viejo jirón y llegaron los cincuenta. Los cincuenta y, sobre sus rieles, los tranvías traqueteando lento por las angostas calles con su conductor vestido de uniforme azul y kepi y azules eran tal vez, los antiguos colectivos, pesados y parsimoniosos. Eran antiguos pero no tanto como el antiguo jirón con sus casonas coloridas y sus hermosos balcones incrustados como joyas sobre sus fachadas. Lima era aún pequeña, pacata y silenciosa. Por aquellos días, los caballeros andaban muy elegantes con sus sombreros y sus corbatas y es que en esa época usaban tirantes y ligas para sostener sus calcetines de seda y si el calor los sofocaba, rara vez se despojaban de sus chaquetas pues era de mala educación andar con solo la camisa y ni hablar de mostrar la camiseta. A jironear también iban los jóvenes galanes a piropear y mirar a las mujeres en sus compras con sus trajes elegantes, sus sombreros y sus guantes. Allí, en el jirón de la Unión, quedaban las mejores tiendas y las mejores joyerías. La antigua Casa Welsch, fundada en los años que Castilla gobernaba. La Casa Crevani donde los ricos compraban sus finas corbatas y los cueros de Pedro P. Díaz.
Unos cuantos mendigos asomaban por los atrios de la Catedral. En el jirón se podía sentir el andar de don Pedro Cordero y Velarde o escuchar el musical silbato del guardia Nonone. Algunos ambulantes ofrecían su maní o sus habas y las fruteras que, con sus canastas al brazo, recorrían las calles con sus voces que, como un eco, retumbaban en ciertas esquinas donde el sol ardiente del verano calentaba: a sol la manzana, a sol a sol. "Qué lleva casero", le preguntaban a Pedro Beltrán en su ruta hacia La Prensa donde Ron lo esperaba para abrirle las puertas. Pero también estaban las tiendas de papelería fina y los almacenes de finas telas importadas. Y las confiterías repletas a la hora del té y los restaurantes familiares como el Pedrín o el Raimondi. Y en todas partes habían los sitios de paso, para de paso y bajo la sombra de un cálido toldo beber un bitter de coca y batir los dados como en el Cuneo y Bandirola; o beber los mañaneros expressos en el Café Viena. Y cómo olvidar de los mejores y más sabrosos helados de vainilla con espeso sirope de chocolate en la Botica Francesa. Lima era pequeña como en la década del veinte. No había smog ni tráfico endemoniado ni bocinas ni autos veloces pero sí un auto negro que pasaba raudo y veloz, era el de Esparza Zañartu. Recorrer el viejo jirón de la Unión era encantador, era un placer, era un deleite y es que era el centro de la ciudad.

Fuentes:
- Federico More, Un maestro del periodismo
- Valdelomar y la Belle Époque, Luis Alberto Sánchez
- Los apachurrantes años 50, Guillermo Thorndike
- Historia de una pasión, la prensa peruana y sus protagonistas. Tomo I (1948-1963), Domingo Tamariz Lúcar

domingo, 27 de mayo de 2018

CUANDO MI ABUELO LLEGÓ AL PERÚ

La hacienda Prochorowa, ubicada a sesenta kilómetros al norte de Odessa (hoy Ucrania), a orillas de lo que algunos denominan "La Perla del Mar Negro", era un lugar que, por aquella época, formaba parte de Polonia bajo la dominación del Imperio Ruso gobernado, por entonces, por el zar Alejandro III, Rey de Polonia y Gran Duque de Finlandia. Aunque en los inviernos a Prochorowa la envolvía una atmósfera gélida y gris; en los días de primavera y verano el cielo era azul, claro y diáfano como azules eran sus noches estrelladas. La rodeaba un pintoresco bosque de grandes hileras de esbeltos ficus y robustos robles. Aquellos eran los días en que Prochorowa se cubría de una fragancia intensa, tan intensa que dominaba todo el lugar. Florecían las frambuesas y las fresas; las violetas silvestres, los albaricoques en flor y las flores de los lirios morados. Y fue en ese lugar donde había nacido mi abuelo, Ryszard de Jaxa Malachowski Kulisicz, un soleado 14 de mayo de 1887. De origen polaco era su padre, Augusto Jaxa Malachowski y eslovaca su madre, Malwina Kulisicz. En el año novecientos, muy joven aún, postuló a la Escuela Naval de Odessa. Sin embargo, presentaba problemas de visión, por lo que no fue aceptado y en Odessa continúa sus estudios secundarios. 

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Avanzan los años y en el año 1905 o 1906 y luego de atravesar verdes bosques, soleados campos y ríos de aguas cristalinas, llegó, en plena Belle Époque, a París para seguir estudios de ingeniería y luego arquitectura para, finalmente, ingresar a L' École des Beaux Arts. Pasaron los años y, en 1910, y después de una carrera destacada se gradúa con honores como arquitecto. Y fue un honor conocer en esa misma ciudad al primer peruano. Se trataba de Enrique Bianchi a quien ayudó en su tesis de post-grado. Una de esas calurosas tardes cuando ambos se encontraron, Bianchi lo invitó a venir al Perú. "¿Y no quiere venir al Perú? -le dijo- yo parto la próxima semana, desde allá le escribiré". Y así fue. Una tarde recibió una carta suya. En ella le anunciaba que el Estado Peruano requería de un arquitecto para las obras que iban a ejecutarse para el Centenario de la Independencia. Pasó poco tiempo y una de esas mañanas cuando aún el sol iluminaba las amplias calles parisinas, llegó hasta la Legación del Perú con el fin de firmar el contrato por dos años.
Con algunos sobresaltos transcurría el primer gobierno de Leguía. Eran momentos de crisis y con una que otra pequeña manifestación en las calles. Y fue en esos días, días de calurosos debates políticos, que llegó mi abuelo al Perú. Era el 22 de diciembre de 1911. Después de una larga travesía de casi treinta días por un mar tranquilo y apacible haciendo escala en tantos y exóticos puertos; fue recibido por su amigo Bianchi. Era una tarde donde el sol tímidamente iluminaba el cielo. Luego de un largo trayecto en el "eléctrico" atravesando extensos campos con tupidos sauces y esbeltos eucaliptos más algunos terrenos eriazos y de cultivo; llegó al centro de la capital que, por entonces, era pequeña y tranquila. Muy diferente a las ciudades europeas. Es que Lima todavía seguía siendo una gran aldea. Una aldea polvorienta, atrasada e insalubre. Las construcciones eran de caña y barro muy pocas de ladrillo y cemento armado. Muchas de aquellas construcciones de encendidos colores, lucían sus "calles en el aire", incrustadas como joyas en las fachadas. No era extraño ver las carretas tiradas por burros o caballos. Los servicios de agua y desagüe eras escasos o no existían y las calles no estaban pavimentadas. Algunas tenían adoquines mientras que otras, piedras del río Rímac o tacos de madera. Cada cierto trecho un charco de agua sucia embarraba a algún distraído caminante. Un bosque pero no de árboles sino de postes "decoraban" las calles. Y los gallinazos, pues, se encargaban de "limpiar" las calles.
La Escuela de Ingenieros se había fundado en 1876. Once años después, se escuchaba por algunos corrillos, de la necesidad de implementar una "Sección de Construcciones Urbanas". Mas los avatares de aquellas épocas hicieron que el proyecto quedara paralizado. Fue en 1910, que el presidente Leguía firmó el Decreto Supremo que creaba la "Sección de Arquitectos Constructores de la Escuela de Ingenieros". A mi abuelo le dieron el encargo de conducirla. Lo acompañaron Enrique Bianchi y el arquitecto Bruno Paprosky que, al igual que mi abuelo y Eduardo de Habich, el fundador de la Escuela, era de origen polaco. "Así no va a tener usted muchos clientes", le dijo alguna vez, y de manera paternal, a uno de sus alumnos al negarse a diseñar una fachada "neocolonial" para una casa en la que le pidió colaborar.
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Mi abuelo no era muy alto de estatura. Su voz era suave y su rostro, fresco y claro como su mirada. Se casó en el año catorce con María Benavides Diez Canseco con quien tuvo cinco hijos.
En la década del diez, en Lima no había bulla, era una ciudad silenciosa y es que no circulaban muchos automóviles. Apenas unos cuantos y otro tanto de tranvías eléctricos. La gente se vestía elegante. Todos usaban sombreros y era común que se saludaran en las calles. Estaba de moda pasear por Mercaderes, Baquíjano o Espaderos para detenerse con calma a conversar, fumar o tomar un café o un cocktail de fresas en alguno de esos bonitos cafetines. Se disfrutaba de la frescura del aire. No existían ni el aprismo ni tampoco el comunismo. Casi no habían asaltos y es que no habían bancos. Estos funcionaban en algunas casas particulares. Una vieja estación ocupaba lo que, tiempo después, sería la plaza San Martín. Lima no tenía hoteles y si los tenía eran pequeños como pequeño y ruinoso era el Palacio Arzobispal y la Municipalidad era vetusta y vetusta era también la antigua Casa de Pizarro. Y fue allí, que una cálida mañana de verano llegó mi abuelo junto a Federico Elguera, a quien Bianchi se lo había presentado la misma tarde que llegó al Perú. Elguera estaba encargado de la comisión del Centenario. Llegaron juntos hasta el despacho del presidente Leguía. Luego de las presentaciones protocolares, Leguía le sugiere instale su taller en la sacristía de la abandonada capilla de Palacio. Allí estuvo durante casi diez largos años. Tiempo después, proyectó, en los que era casi los límites de la ciudad, el edificio Rímac y más tarde, los edificios de la Plaza Dos de Mayo. Junto al arquitecto francés Claude Sahut proyectó el Palacio Arzobispal, inaugurado para el Centenario de la Batalla de Ayacucho. El Palacio de Gobierno y Palacio Legislativo. Los interiores de la Municipalidad de Lima y la fachada del Teatro Municipal. La Sociedad de Ingenieros y junto a Enrique Bianchi el Club Nacional en la Plaza San Martín y la Plaza San Martín le tocó proyectar. El Banco Italiano con su hermoso vitreaux y lo que hoy es la residencia del embajador de Colombia y la del embajador de España también y más.
Vivió la transformación de la ciudad. Una ciudad que no llegaba más allá del Parque de la Exposición por el lado sur y los Descalzos por el norte. El Hospital Dos de Mayo por el este y una abandonada alameda de sauces por el oeste. Una Lima precaria, polvorienta, pueblerina y sin avenidas; las dos únicas que existían eran el Paseo Colón y La Colmena. A una Lima que orgullosa lucía sus edificios de arquitectura de estilos diferentes como el Neorrenacentista, el Art Nouveau, el afrancesado academicista, etc., además de sus elegantes plazas y sus amplias avenidas. 
Mi abuelo falleció una fría mañana del 6 de setiembre de 1972 a los ochenta y cinco años.

jueves, 24 de mayo de 2018

UN PARLAMENTARIO DE LOS DE ANTES

Una interpelación conducida por él atemorizaba y hacía temblar hasta al más duro y recio de los ministros. Al igual que Raúl Porras Barrenechea y Abraham Valdelomar, José Matías Manzanilla Barrientos, había nacido un 5 de octubre de 1867, en el soleado departamento de Ica al sur de Lima. Estudió en el colegio San Luis Gonzága de esa ciudad para luego seguir estudios en el Convictorio Peruano y más tarde en los antiguos claustros de la Universidad de San Marcos, donde se graduó de doctor en Jurisprudencia y Ciencias Políticas. Y fue allí, en San Marcos, que dictó cátedra por más de treinta años y también fue Decano en la Facultad de Jurisprudencia y después, en el año diecisiete, fue elegido rector. Y en esos días de sol o de luna; de frío o de calor, al terminar sus clases, Matías Manzanilla salía acompañado de todos sus alumnos y uno de sus alumnos fue, por el año 1927, Víctor Raúl Haya de la Torre, aunque luego fuera su adversario en las causas universitarias. Era severo en su cátedra, detenía su explicación si alguien se atrevía a entrar al salón, cuando ya había iniciado la clase.

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José Matías Manzanilla era alto de estatura, un poco grueso, sus ojos eran pequeños pero su sonrisa era amplia y es que siempre andaba con una sonrisa en los labios. Y era su sonrisa tan enigmática que sus colegas y amigos lo apodaban "La Gioconda". En los movidos años catorce, fue Ministro de Relaciones Exteriores y luego Presidente de la Cámara de Diputados. Era de los llamados civilistas, es decir, pertenecía al antiguo partido Civil. Cuando ocurrió el golpe del 4 de julio de 1919 en que Leguía derrocó a Pardo, Manzanilla dejó su curul parlamentaria y aprovechó para viajar a la vieja Europa. Parte de su recorrido era visitar París que por aquellas épocas, lucía grandes avenidas y pequeñas callejuelas donde se mezclaba el aroma del perfume y la bohemia; del arte y la cultura. En París, donde las mujeres habían dejado de lado el corsé para mostrar todo el glamour y elegancia con sus vestidos más sueltos, más vaporosos con sus plumas y sus flecos; mujeres que usaban abundante maquillaje, que fumaban y bebían, que conducían lujosos automóviles a veces a gran velocidad. Fue allí, en París, que en una de esas cálidas mañanas de otoño, caminando bajo la sombra de los rojizos árboles de los Champs Elysées, su amigo y colega, José Varela y Orbegoso, por entonces, encargado de negocios en la Legación del Perú en esa ciudad, le dijo para ir a visitar el museo Louvre. Luego de recorrer algunas de sus salas, de haber visto las pinturas de los artistas flamencos, españoles o alemanes; Varela creyó que ya era el momento que su amigo "La Gioconda", pues, se encontrara frente a frente con el famoso lienzo de Da Vinci. Al llegar al cuadro, Manzanilla permaneció de pie frente a él por largos minutos. Mientras que Varela miraba a su compañero, Manzanilla, en silencio, seguía contemplándolo. Hasta que se rompió el silencio. Don José Matías se volteó y dijo: "Pepe .... Pepe, ¿sabes cuál ha sido el gran error de Pardo? Fue gobernar sin presupuesto ...... Y es que, ni estando frente a una obra de Da Vinci o Tiziano; de Caravaggio o Rembrandt, Manzanilla dejaba de pensar en política.
Brillante orador. A inicios de la década del diez, hasta el año once; tarde a tarde, entre los acalorados y candentes debates, Manzanilla defendía sus proyectos de ley sobre accidentes de trabajo y derechos laborales. Pasaron los años y llegó el año 1921. Transcurría el caluroso mes de marzo. Por aquellos días, poco a poco, en las calles de la capital, se iban levantando orgullosos edificios al puro estilo parisino, las calles lucían banderolas y a los edificios públicos los vistieron con coloridas luces que iluminaban las noches oscuras. Restaban pocos meses para las celebraciones por el Centenario de la Independencia. Apenas a unos cuantos pasos de la casona sanmarquina se iba construyendo lo que sería después la Plaza San Martín. Sin embargo, no todo era fiesta y alegría. En ese mes, los corrillos de San Marcos quedaron solitarios y en silencio. La Universidad entró en receso. Dejó de escucharse el eco de las voces de los catedráticos y el paso apurado de los alumnos y muchos de ellos, perdieron el año; muchos emigraron a distintas universidades de provincias y a muchos sanmarquinos se les extrañó en las celebraciones de julio. Manzanilla defendía a los pobres mas no defendía el receso. Y fue que debido a éste, sus ahorros disminuyeron de manera agresiva. Pero se sentía orgulloso de ser pobre. Pobre pero no casto pues lo rodeaba una fama de ser todo un don Juan.
La soleada tarde del domingo 30 de abril de 1933, Matías Manzanilla se salvó de morir milagrosamente cuando atentaron contra el Presidente Luis M. Sánchez Cerro a su salida del hipódromo de Santa Beatríz. Pocos meses atrás, había sido nombrado como Jefe de Gabinete y, como tal, acompañaba esa fatídica tarde al Jefe de Estado en el descapotable Hispano-Suiza. Como Jefe de Gabinete a la muerte del mandatario quedó, por pocas horas, encargado de la presidencia. Años después, Luis Alberto Sánchez escribió que, en 1946, cuando fue electo rector de San Marcos, uno de los primeros vales por adelanto de sueldo que le presentó el tesorero, Fernando Fuchs, llevaba la firma del ex rector. En el curso de los siguientes meses éstos se repitieron dos, tres y hasta cuatro veces. "Es que el doctor, le dijo Fuchs, está muy pobre. La política no le ha abonado nada. Hay que ver de ayudarlo pues su pensión no supera los 300 soles". Ante esa realidad, sus amigos y colegas buscaron la forma de hacerlo comprándole ejemplares de sus "Discursos Parlamentarios" y otras obras.
El cielo era de un tono azul intenso aquella noche, cuando el ex rector, que frisaba los ochenta, ingresó al salón general de la Universidad. Allí fue recibido entre fuertes aplausos por centenares de alumnos, en su mayoría apristas. "¡Gracias, muchas gracias!", les dijo, con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos. Pocos días después, recibía a sus amigos catedráticos en su casa de la calle del Muelle. "Ustedes saben -dijo- que yo he sido civilista; el partido ya no existe, pero sí los amigos de ayer". A don Matías le gustaba que lo vinculasen con las leyes laborales que él proyectó y defendió a inicios de los años diez. Se sentía orgulloso de haber sido un civilista. Un civilista desinteresado y eficaz. Un civilista que en su vejez, sintió el abandono de sus colegas de partido y eso le fue restando energía y ánimo. José Matías Manzanilla falleció, un 6 de octubre de 1947, al día siguiente de haber cumplido los ochenta.
Fuentes:
- Historia de la República del Perú, Jorge Basadre
- Cuaderno de bitácora, Luis Alberto Sánchez

sábado, 5 de mayo de 2018

EL PRÍNCIPE DE LA CARICATURA

"Era la cara de Pardo, las barbas del rudo de Piérola, las manos de Prado Ugarteche. Las manos de Pardo no era sino un círculo; una raya horizontal en la parte media daba la medida de la frente y la expresión de los ojos, el bigote era una mancha negra ........"
Desde la guerra del Pacifico hasta fines del siglo XIX, no existieron en realidad caricaturistas como los surgidos en los primeros años del nuevo siglo. "Si algunas veces aparecieron caricaturas, no existían los caricaturistas, aunque resulte paradójico. Y no existían porque no figuraban".
Julio Málaga Grenet había nacido en Arequipa en febrero de 1886. Estudió luego en el colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Años después, trabajó en la Compañía Recaudadora de Impuestos. De repente era un trabajo algo parecido a su ideal, un tanto utópico, ser un cajero de banco. Una de aquellas cálidas tardes, el discípulo de Evaristo San Cristóbal, decide enviar una de sus caricaturas al semanario "Actualidades" que era dirigido, entre otros, por Luis Fernán Cisneros y Andrés A. Aramburú Salinas. La caricatura encantó y, al poco tiempo, la revista, pues, lo contrató. Corría el año 1903. Y Málaga ya captaba los rasgos de los personajes políticos y los que estaban vinculados al ambiente social y cultural. Captaba el gesto, captaba las actitudes y todo lo volcaba sobre una cartulina con divertidas y coloridas pinceladas. Pinceladas llenas de color como el camaleón que para él, era su color preferido. Decía que ese era un color muy nacional. Y si a su paisano, el poeta Alberto Guillén, le habría gustado ser una nube o un pájaro; a Julio Málaga le habría gustado ser -de no haber sido un artista-, pues, cualquier cosa. ¡Ah, pero menos, un sombrero! No quería ser un sombrero porque bien podía caer en la cabeza de un aristócrata ..... ¡y yo, decía, le tengo horror al vacío!

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Y así, si una imagen dice mil palabras, el fino humor político de las caricaturas de Málaga en el semanario "Actualidades" expresaban millones. Siempre en las caratulas de este semanario aparecía una caricatura. Si un día era la de Málaga al otro le tocaba a Valdelomar (que firmaba como Val-del-Omar) o, sino, era el turno de Sixto M. Osuna. 
"Tú pones los monos y yo escribo las monadas". Así le dijo una tarde de 1905 el poeta, dramaturgo y periodista Leonidas Yerovi. Al mes siguiente, casi a punto de morir ese año, nace el semanario "Monos y Monadas". Y de jueves a jueves, aparecía "Variedades" con sus Chirigotas y la portada, que la mayoría de ellas, eran coloridas caricaturas de Málaga. Un año más tarde funda y dirige "Gil Blas" y "Figaro". Sin embargo, en el año diez "Figaro" sufrió la clausura. Y fue clausurada, en parte, porque apareció una de sus caricaturas que no le gustó al gobierno de turno. Y con su esposa, Victoria Raygada, se fué Málaga. Se fué a Buenos Aires y, como ya era famoso, en la tierra del tango, Fáber, el seudónimo con el que allá firmaba, se desempeñó como director de arte de la revista "Caretas y Caras". Y de Buenos Aires cogió un barco y regresó a Lima. Era el año 1916. Cuando en febrero del año siguiente muere Yerovi, Málaga, con el que había colaborado en varios semanarios; además de José Carlos Mariátegui, Julio Hernández y otros periodistas, se reunieron para organizar un homenaje póstumo para recaudar fondos en beneficio de su familia. Málaga, en ese entonces en "El Perú", donó uno de sus cuadros. "El Perú" fue un diario efímero de propiedad de Isaías de Piérola, bajo la dirección de Málaga y Cisneros. Donó, pues, uno de sus cuadros, "La vendedora de diarios", para que fuera rifado en el evento que se llevaría a cabo en el teatro de moda el Excelsior. Pasan los años y retorna al tango y el bandoneon y a "La Nación" pero, Málaga gustaba de los viajes y de viaje en viaje llega hasta los rascacielos de Nueva York. Ya era mucho más famoso que en la década pasada. Un afiche suyo podía valer hasta dos mil dólares. Llegó el año 1930. Años difíciles para el país. Y Julio Málaga llegó ese año a La Puerta del Sol en Madrid. Pero cansado de Madrid y también de Buenos Aires retorna a Lima.

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Lima en los años cuarenta. En las radios se escuchaba música de estilos diferentes. Glenn Miller o Nat King Cole; Maurice Chevalier o Jorge Negrete. Y por "La Crónica", en ese entonces de propiedad de Rafael Larco Herrera, continuaba Málaga dibujando, con esa cualidad única e inimitable de su arte. Acompañado de una humeante taza de café al lado, dibujaba para su espacio "el lápiz de Málaga Grenet". Eran más o menos las épocas en que lo nombran sub-director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, la misma de José Sabogal. En el cincuentaiseis, el último año del ochenio de Odría, Málaga tomó provisionalmente la dirección de Bellas Artes tras la renuncia de Germán Suárez Vértiz.
"Iconoclasta, agresivo y feroz, virtuoso del incoformismo, malo de pura bondad y bueno de pura bondad" (Hernán Velarde, escritor y periodista)
En su hermosa casona del jirón Carabaya, Julio Málaga Grenet, "el maestro en Sud América, el más grande del mundo en su género"; muere de un paro cardíaco en enero de 1963. A pocos días de cumplir los setenta y siete años.
Fuentes:
- Revistas Mundial y Variedades
- Diario Correo Arequipa
- Diario El Peruano
- 100 años de periodismo en el Perú (1900-1948), María Mendoza Micholot