martes, 5 de junio de 2018

UN CANCILLER ELEGANTE

Fue diplomático y fue cuatro veces ministro de Relaciones Exteriores entre 1920 y 1925. Andaba por los cuarenta y dos años en las épocas del Centenario de la Independencia. Por aquel año, estaba en su edad dorada, en todo su apogeo y en todo su esplendor. Alberto Salomón Osorio, había nacido en el Callao en noviembre del año 1877, dos años antes del inicio de la guerra del Pacifico. De estatura mediana, ojos grandes y sonrisa exagerada pero atractiva; Salomón era amigo de los bailes y de las fiestas pero también de las intrigas. Estudió en el Convictorio Peruano, el mismo lugar donde lo hizo "La Gioconda", el diputado iqueño, José Matías Manzanilla. Tiempo después, ingresó a la Universidad Nacional de San Marcos para seguir estudios de Jurisprudencia y Ciencias Políticas graduándose como abogado para ejercer luego, la cátedra de Derecho Constitucional. Como abogado, tenía un estudio muy importante y muy prestigioso y muy cerca al viejo Palacio de Gobierno, precisamente, el pasaje donde estaba ubicado se llamaba también Palacio, que luego cambió de nombre por pasaje Carmen, por la madre de Leguía y después, nuevamente lo cambiaron y fue llamado Piura, por Sánchez Cerro. Sus mejores clientes eras los negociantes británicos.

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Era leguiísta y fue, por su gran elocuencia, un líder y fue también, un gran orador, en sus épocas de diputado allá por el año 1914. Y fue cuando tenía treinta y siete, que se produjo, en el verano de ese año, el golpe de Estado comandado, por el entonces Coronel Oscar R. Benavides, que derrocó, después de menos de un año y medio de gobierno, a Guillermo Billinghurst. Salomón, al intentar vencer a los esbirros fue herido de un balazo y luego de ser curado, se hizo llevar en una camilla hasta la antigua Plaza de la Inquisición, pues quería dar su voto para que Roberto Leguía, el vicepresidente de Billinghurst, continuara en el cargo. Fueron largas semanas en que Salomón anduvo a salto de mata. Entre la vida y la muerte. Pero le valió el gesto, pues, en 1919, fue uno de los miembros de la Asamblea Constituyente, la que redactó la Carta Magna de 1920. Al poco tiempo fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores.
El gobierno colombiano dirigido por el conservador don Pedro Nel Ospina, un hombre robusto y de grandes bigotes, había destacado a uno de sus más hábiles diplomáticos, don Fabio Lozano Torrijos, natural del departamento de Tolima, ubicado en la región andina bañada por el río Magdalena. El gobierno del Perú, destacó a su Ministro de Relaciones Exteriores de ese entonces, don Alberto Salomón. En el protocolo Salomón-Lozano, firmado en marzo del año 1922, se hacen cesiones a Colombia, la más importante y esencial era la entrega de la franja entre los ríos Caquetá y el Putumayo, incluyendo el poblado de Leticia y la porción del Putumayo con el Amazonas llamado "Trapecio Amazónico", con el único fin de otorgarle a Colombia una salida al Amazonas. Los representantes por Loreto, pues, pusieron el grito en el cielo. El que declaró las frases más fogosas y encendidas fue don Julio César Arana, senador por el departamento y un magnate del caucho. Mas la campaña por el protocolo poco a poco iba tomando caracteres nacionales. Mientras que Leguía aceptó que la aprobación por parte del Congreso se retardase; Lozano, día tras día, no cejaba de tratar que el debate en el Congreso se acelerase. Cuando Leguía cayó derrocado el 22 de agosto de 1930, Sánchez Cerro anunció, el mismo día que llegó a Lima, el 27 de ese mes, que anularía los pactos tanto con Colombia como con Chile. Un año después, el Partido Aprista, planteó la urgencia de revisar las implicancias del Tratado Salomón-Lozano, sin embargo, se hizo oídos sordos a aquel llamado.

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Con el pasar del tiempo, Salomón cayó en desgracia. Leguía dejó que continuaran a su lado solo aquellos de su entorno que le eran los más incondicionales. Así, Alberto Salomón, siguiendo los pasos de Germán "El Tigre" Leguía y Martínez, además de Alfredo Piedra Salcedo, quedó relegado a un costado. En su lugar fue nombrado, tal como sucedió con Leguía y Martínez, Pedro José de Rada y Gamio. Para cuando sucedió el golpe de 1930, Salomón ya estaba fuera del gobierno dedicando su tiempo a su profesión de abogado en su estudio frente a las puertas de Palacio. Sin embargo, fue él, junto al Tratado Salomón-Lozano, los dos casos más atacados en el régimen militar. Fue sometido al Tribunal de Sanción, uno de los peores esperpentos que pudo haberse creado en el gobierno de Sánchez Cerro. Luis Alberto Sánchez escribió: "no recuerdo el desenlace de aquel proceso, pero, seguramente, no le fue del todo adverso". Durante el conflicto armado entre Perú y Colombia, entre los años 1932 y 1933, Salomón fue muy "recordado" pero, ágil y astuto como era, logró escabullirse y luego de ello, se sometió a un discreto ostracismo. Pasada la tormenta y cuando las aguas volvieron a su nivel, regresó a su vida normal y a ejercer nuevamente su profesión de abogado.
Salomón tenía, según Luis Alberto Sánchez, la apariencia de ser todo un play boy. Pero no lo era. Le gustaba alternar el ministerio con algunos pasos de baile en el restaurante del Zoológico, en esas cenas danzant, tan famosas por aquellas épocas, allí se divertía con el fox-trot o el Charleston. Y es que verlo cómo, suavemente giraba y daba vueltas, de la mano de su chica parisina, era todo un espectáculo. Escribía y escribía poesía. Publicó varios versos en "La Neblina", revista patrocinada por José Santos Chocano y otro tanto en "La Gran Revista" y en "Lima Ilustrada" pero en todas ellas, lo hizo a finales del siglo XIX. Sin embargo, su afición literaria continuó por largos años. En los años cuarenta, fue Presidente de la ANEA, la Asociación Nacional de Escritores y Artistas. Las reuniones eran en la famosa Casa de Piedra, una bonita casona construida en 1870, conocida también como "Palacete Du Bois", ubicada en la esquina del Jirón de la Unión y el jirón Moquegua.
A raíz del crecimiento del nazismo y de la campaña anti judía que se iba desenvolviendo; el nombre Salomón no olía, pues, ni a incienso ni a mirra. Por esos años, el ex-canciller, ya por los cincuenta; impecablemente bien trajeado, luciendo finas y elegantes corbatas, además de llevar el cabello, tal cual era la moda de ese entonces acompañado además de su sonrisa siempre atractiva, empezó a usar su apellido materno Osorio. Así algunos lo empezaron a llamar "Mister Osorio".
Alberto Salomón Osorio, falleció en el otoño de 1959, a la edad de ochenta y dos años.
Fuentes:
- Cuaderno de bitácora, Luis Alberto Sánchez
- Leguía el Dictador, Luis Alberto Sánchez

ESAS NOCHES INOLVIDABLES

Tarde, cuando entraba la noche y el cielo iniciaba a colorearse de un tono entre el azul intenso y el cálido violeta, las parejas, elegantemente trajeadas y perfumadas, solían atravesar el aún silencioso y aristocrático Paseo Colón bordeado por sus pequeñas quintas, sus atractivas casonas y sus hermosos palacetes. A veces, en algún sábado por la noche, se podía escuchar desde alguna de estas grandes y vistosas mansiones, el eco de algunas risas además de la música de una orquesta, quizá fuese la del maestro Nello Coeci. Atravesaban el paseo en alguno de los pocos y ligeros automóviles Ford que andaban, por ese entonces, por las pequeñas calles de Lima. Pequeños faroles iluminaban los naranjas senderos del antiguo Parque de la Exposición luciendo sus frondosos encinos, sus esbeltas palmeras reales, sus pinos y sus altos cedros; senderos que llegaban hasta la bonita pileta empedrada que abría el paso a las puertas de cristal del restaurante del Parque Zoológico.

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El restaurante del Parque Zoológico se ubicaba en el filo del mismo zoológico, que por entonces, era un lugar de esparcimiento muy bonito, muy pintoresco y muy elegante; con sus delgadas jirafas de fino cuello, sus robustos elefantes, sus alegres cotorras, unos divertidos monos y dos melenudos y aburridos leones. Y se podría decir que este tan famoso restaurante en las décadas del diez y del veinte, que fue refugio de gourmets, bailarinas y de limeños bailarines que amaban las fiestas y las jaranas hasta que el sueño los gane, pues, no era nada aburrido y no era nada pequeño tampoco pues en él, podían acomodarse casi hasta unas mil personas. Funcionó durante muchos años dentro de los jardines de la Exposición. Sin embargo, fue recién que en el año 1910 que se construye un nuevo lugar. Un lugar animado y sensual a la vez; con sus grandes cristales, sus finitas y altas columnas envueltas en frescas y coloridas enredaderas. El local del restaurante del Parque Zoológico, por su sobrio y amplio espacio, se prestaba para los grandes eventos. Tenía una gran terraza, una terraza abierta, fresca y agradable en los calurosos veranos; acogedora y tibia en los cálidos otoños y es que, desde allí, no solo se escuchaba el canto de las aves del vecino zoológico, sino también, llegaba el aroma de las malvas rosas, de los jazmines y las magnolias, además, gozaba de la sombra de las espesas copas de los altivos cedros y los pequeños y pomposos choloques.
El gordo José Visconti, era, junto a Samuel Velásquez, propietario del lugar. Ambos eran bastante sencillos y ambos eran también, propietarios del elegante Hotel Maury y creo que también lo eran del no menos famoso por esos años, el Palais Concert. En el año dieciséis o diecisiete, llegaron a Lima, y en tres diferentes fechas, tres famosas bailarinas, Anna Pavlova, Norka Ruskaya y Felyne Verbist para presentarse en el antiguo Teatro Municipal; ellas tres estuvieron alojadas en el Maury y en el Maury nació un tórrido romance entre la Verbist y el buenmozo de Alfredo González Prada. Afable, bromista y gran conversador, Visconti no perdía la oportunidad de acercarse hasta las mesas para dialogar un momento con los comensales, aunque sea para preguntarles si estaban cómodos o si la cena les había parecido buena. Pedrín era el maître; un caballero italiano gordo y bonachón; bullicioso y risueño; simple y amiguero. Allí, en el enorme salón de cristales, habían unas ochenta y hasta cien mesas si es que no eran más; pequeñas mesas todas vestidas con gruesos manteles blancos y delgadas sillas de esterilla. Para la hora de almuerzo, casi todas las mesas tenían reserva permanente, para tal vez, cerrar un negocio. Caía el sol de la tarde con el crepúsculo y sus tonos de luz entre el amarillo, el rosa o el rojizo; luz que ingresaba por aquellos grandes ventanales. A esa hora, empezaba la hora del té -la hora propicia para el flirt-; a esa hora era clásico ver a las regias señoras con sus trajes ceñidos, sus muselinas estampadas y sus grandes sombreros de plumas y a ellos, luciendo sus escarpines y un clavel o una violeta en las duras solapas de sus sacos. Era un ambiente encantador y encantador era también el fondo musical improvisado de un jazz-band que provocaba dejar de lado la hirviente taza de té, para llegar hasta la pista y dar unos cuantos pasos de baile. Y a la hora del cocktail, se formaban grupos junto al mostrador, donde a veces se acercaban alegres las parejas a pedir un Oporto para luego desaparecer de la escena y cuando volvían, se disparaban las bromas algo subidas de tono. Otros, sentados en torno a las mesas, comentaban los últimos chismes políticos o sociales; cerraban algún negocio o algún plan de juerga y hasta alguna broma que les serviría para reír durante toda la semana. La hora cocktail era la hora del buen humor. Prohibido era estar de mal humor. El que tenía alguna pena viva, pues, la escondía para no matar la alegría de los demás. Y qué decir del servicio de buffet, magnífico y fueron magníficos los banquetes donde alguna vez fue homenajeado algún alcalde o un candidato; un embajador o algún conocido político y hasta un presidente de la República.

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Pero la diversión, el goce y el placer en el restaurante del Parque Zoológico ocurría en las noches; en los espectáculos de cabaret y en el ritmo y compás de la orquesta de las siempre sonrosadas y gruesas damas vienesas, que en los intermedios repetían los bailables. Aunque era cuestión de suerte, pues habían noches en que estas maestras de la sinfonía, parecían haber amanecido de espaldas o con el pie izquierdo pues no existía un dios, magia ni ruego que las haga mostrarse asequibles y con ganas de complacer. Eran famosas las cenas danzant con las chicas bailando bien apretadas a sus parejas, aprovechaban en lucir sus trajes sensuales y sus finas siluetas; sus talles a la cadera, sus largos collares a la moda de Coco Chanel y sus sombreros charleston y al ritmo del charleston, del fox-trot o de un tango solía bailar el canciller de los años veinte, Alberto Salomón, siempre elegante y siempre con una atractiva sonrisa. Salomón, vestido de un saco oscuro como la noche, giraba al son de la orquesta, recorría la brillante pista de madera de un extremo al otro. Todo, bajo la atenta mirada de los asistentes. Un espectáculo. Daba pasos suaves y rítmicos mientras le hablaba al oído a su pareja, una rubia y bonita parisina que había conocido en uno de sus viajes por esas lejanas tierras.
¡Garçon, un absinthe! Chocaban las copas y el dorado champagne; corría el vino rojo y el aromático absinthe. Y corría también, la sensualidad y la algarabía; el polvo de cocaína y el humo de los Zuzini o de los Lucky Strikes. Al fondo y más allá de las mesas, había un proscenio para los espectáculos de varieté en esas largas noches y hacia la medianoche, se abría misteriosamente, detrás de ese proscenio, una sala de juegos. Aparecían los caballeros rodando los dados con las barrigas llenas y llenos los vasos del dorado licor. Al costado, corría la ruleta y en otra sonaban las barajas y caían las cartas del baccarat o del "chemin de fer". Los vestidos vaporosos de las damas flotaban como el humo de los largos cigarrillos, y tras cigarrillo y cigarrillo; tras los efectos del champagne y del vino; de la cerveza o del pisco; los escasos automóviles de alquiler, puestos especialmente para las largas noches en el Zoológico, no se daban a basto y los chauffeurs salían disparados llevando a los alegres comensales con rumbo a sus casas o a seguirla en algún local madrugador de la antigua Lima hasta que termine la noche e inicie la violeta madrugada. Así pasaban las noches, las interminables noches de esa Lima que aún, por esas épocas, era una pequeña aldea.
El restaurante del Parque Zoológico, al igual que el Jardín de Estrasburgo, el Palais Concert y otros, cerraron para siempre sus puertas a inicios de la década del treinta.
Fuentes:
- Valdelomar y la Belle Époque, Luis Alberto Sánchez
- Testimonio personal, Luis Alberto Sánchez
- Una Lima que se fue

sábado, 2 de junio de 2018

EL PODER TRAS EL PODER

"Solo un puñado de imágenes fotográficas da cuenta fidedigna de que realmente existió, que los peruanos no lo habíamos imaginado". (Guillermo Thorndike)
Por aquellas épocas se escuchaba decir que, "de una sola mirada conocía a la gente, que era imposible engañarlo, pues sus ojos tenían poderes especiales"; y sus ojos, de mirada afable, eran pardos y ahumados; acuosos y simplones. Parecía inofensivo. Era pequeño de estatura, delgado, casi con un aspecto débil pero no de débil, sino, de amplia sonrisa. Hablaba con una "vocecita sin aristas ni matices, con la pobreza y las faltas de lenguaje de quien nunca ha leído un libro desde que pasó por el colegio". Alejandro Esparza Zañartu había nacido en los inicios del siglo XX, en el año 1901, en La Tahona, Cajamarca, lugar donde el cielo es azul, claro y diáfano durante el día, frío en las azules noches y en las violáceas madrugadas.

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En un encuentro en la prefectura con el periodista Raúl Villarán Pasquel, hombre alto, robusto y fumador empedernido, éste le preguntó: "Pero, ¿usted es capaz de cualquier cosa para defender a Odría, no es cierto señor Esparza? El Director de Gobierno mostró una sonrisa de dientes largos y le respondió suavemente: "....... yo puedo hacer uso legítimo de la fuerza en todas sus formas, puedo apelar a la muerte legítima. Podría matar y no mato a nadie. Si hay miedo, la muerte no es necesaria".
Poco se sabe de él. De él se sabe que vivió en el seno de una familia pudiente. De muchacho recorrió todo el Perú como representante de la Casa Grace que, por ese entonces, vendía las primeras cajas registradoras para los comercios, y poco tiempo después, pasó a ser un oscuro mercader de vinos y piscos. Fue amigo de su paisano, Zenón Noriega Agüero, quien tenía casi su misma edad y que llegó a ser General del Ejército y el número dos de la Junta de Odría; esto le sirvió a Esparza Zañartu para ser convocado y posteriormente ser nombrado Director de Gobierno para convertirse en un todopoderoso, pues sus órdenes se cumplían a rajatabla y sin duda ni murmuraciones. Para acceder a él, había que pasar de una instancia a otra, gracias a tarjetas de recomendación. La ansiada entrevista podía tardar desde una semana o uno, dos y hasta tres meses, solo para que Esparza presentara en el momento un rostro que no movía un músculo, desencajado y adusto o al mismo tiempo insinuase un favorcito, a la vez que miraba las rodillas de la mujer que, suplicante y con lágrimas en los ojos, llegaba hasta su despacho en la plaza Italia.
No cualquiera, pues, que se sentara frente a él en ese despacho de "paredes grasientas" separado por tan solo un macizo escritorio de madera lleno de timbres y teléfonos, sentía en su mirada "ganas de caer bien". Muchas veces "no se levantaba a saludar al que lo visitaba, a muchos no los hacía sentarse. Hacía una venia para ver qué querían, y sin despegar los labios, escuchaba cuando les tocaba hablar o balbucear". Y es que algunos personajes ante este oscuro "hombrecito adefesiero e intemporal de cara apergaminada y aburrida", los atacaba el "nerviosismo y la excitación", creían haber detectado a un Esparza; pero ese Esparza no era el único Esparza, aunque acaso fuera, en esos momentos, el menos peligroso, el más manso, el Esparza social, "la fiera de sociedad".
Cuanto más fuertes los hombres, más vigilados estaban por el aparato nacional de este pequeño y silencioso hombre que empleaba todo, desde chóferes o prostitutas; secretarias o confidentes. Pero no era de eso de lo único que se valía. Se valía también de cartas abiertas, líneas telefónicas intervenidas y de micrófonos escondidos. No había diálogo, sino garrotazos. Y sin embargo, el que disponía de las torturas o utilizaba las tenazas eléctricas, podía sonreír ante quien estuviera sentado al frente suyo y el que estuviera frente a él podía terminar sintiendo una atracción fatal ante esa amplia sonrisa.
"La gente imagina que trabajo de verdugo durante las noches, que me paseo por los calabozos, que yo mismo vigilo a los enemigos del régimen. No importa. Ese es precisamente el origen de mi poder".
Acaso su caminar como en punta de pies y el querer arrinconarse era -quizá- consecuencia del poder en la sombra, de la atmósfera de penumbra en la que se desempeñaba, aunque este poder le pertenecía en su totalidad al General Odría. Y desde la penumbra y la sombra gubernamental, este siniestro y tenebroso personaje era quien todo lo sabía y quien informaba en los atentos oídos del Jefe Supremo. Desde la sombra manejó la gigantesca maquinaria de control y represión del Ochenio. Con los métodos utilizados para corromper, exiliar, intimidar, encarcelar, torturar o desaparecer a los adversarios, consiguió anular todos los intentos de rebeldía contra el régimen, especialmente si esta venía del lado de los apristas y comunistas. "¿Usted sabe a cuánta gente he enviado yo al destierro?, le preguntó de golpe a Raúl Villarán, "la gente cree que han sido miles -respondía-, y en realidad no han sido ni cien". El cargo le permitió llevar su tarea en las sombras, aunque ya todos sabían quién estaba detrás de esa sombra, de esa represión. El poder que alcanzó parecía excesivo para el cargo que desempeñaba, el de eterno Director de Gobierno, que, aunque era, por esos tiempos, el cargo más poderoso del país, era casi el de un subalterno. Sin embargo, no era excesivo para el hombre que todas las mañanas conversaba a solas con el Presidente de la República. Gozaba de amplia autonomía; autonomía no solo para vigilar a los gobernados, sino también, a los gobernantes pues con sus métodos hacía seguir a cuanto quisiera caer en los excesos. Esparza no lograba comprender a la aristocracia de esos días que, por lograr algunos favores, le guardaba el mejor asiento en algún banquete privado y para un banquete en el Club Nacional, cuentan que una fría noche invernal, se quedó una hora dudando ante una docena de corbatas colocadas encima de su escritorio de su despacho. Es que tenía que encontrar la adecuada para el traje gris claro o el beige desentonado que solía vestir; en vez del azul oscuro que marcaba la etiqueta de los años cincuenta. Y en un oscuro rincón solía pararse en aquellas reuniones sociales en las que era como un intruso. En una mano sostenía un vaso pleno de whisky, y la otra, en el bolsillo del pantalón. Siempre con una sonrisa como incapaz de cometer una maldad, de tener un gesto brusco o de encarcelar a cualquiera que se oponga a la Dictadura odriísta.
No le gustaba ser fotografiado. Sin embargo, el periodista de La Prensa, natural de Cajamarca también, Guillermo Hoyos Osores, en una cálida tarde de verano, al llegar al antiguo aeropuerto de Limatambo, se encontró cara a cara con el mismo Esparza Zañartu. En ese momento, un fotógrafo de la revista 50, les tomó una foto juntos y después la publicó con una leyenda que decía: "el gobierno y la oposición juntos". Según donde estuviera podía hablar a media voz o dar órdenes con esa brutalidad de quien se sabe será obedecido siempre. Alejandro Esparza Zañartu, pues, controlaba también todos los cuerpos policiales, las prefecturas, vigilaba los aeropuertos y hasta las cárceles. Se movía por una silenciosa y pacata Lima en un rápido automóvil negro, lleno de antenas y seguido por varios patrulleros y vehículos con matones particulares. Solía inclinarse levemente ante los ricos; no parecía impresionarlo la pobreza ni conmoverlo el llanto de aquellos que diariamente colmaban su tenebrosa sala de espera llena "de policías de uniforme y de civil y oficialistas apretujados en cuartitos claustrofóbicos".
Esparza lejos de los hombres encumbrados y de las miradas atentas de esas damas luciendo esplendorosos vestidos ceñidos en la cintura, de esos fastuosos abrigos de pieles de visón, y además, luciendo sus finas joyas; lejos de los ambientes llenos de brillantes luces y mesas cubiertas con finos manteles y numerosos cubiertos, recuperaba en la intimidad de su frío despacho su voz, esa voz que se convertía en otra, en una muy diferente ante una hilera de cinco o seis teléfonos, teléfonos que podían activar la furia de una dictadura. "¿Qué opina de lo que Mario Vargas Llosa ha escrito sobre usted en su novela Conversación en la Catedral?" -le preguntó el periodista César Lévano para la revista Caretas- "No he comprado todavía el libro. Él ha debido conversar conmigo antes de escribir para cerciorarse. Yo le habría dado datos. Algunos amigos me han dicho que habla muy mal de mí. ¿Por qué no se viene dentro de tres meses? Yo le puedo enseñar mis memorias. Ahí digo muchas cosas interesantes", le respondió.
Al final del Ochenio y cuando Arequipa decidió rebelarse nuevamente, Odría lo nombró, el 16 de setiembre de 1955, Ministro de Gobierno. Renunció al cargo el 24 de diciembre de ese mismo año, gracias a la insurgencia en esa parte del sur del país. Al poco tiempo desaparecería sin dejar huella ni rastro. Al parecer estuvo viviendo en Madrid. Años después, regresó al Perú refugiándose en su casa-huerta de Chosica. Allí recibía cada cierto tiempo a dos políticos del partido que alguna vez persiguió a morir, a Ramiro Prialé y a Armando Villanueva del Campo. El pequeño hombrecito de la sonrisa silenciosa, falleció en Lima, en el año 1985.
"No estoy arrepentido de los abusos. Creo que dimos al país la época en que más fácil trabajo hubo".
Fuentes:
- "Los apachurrantes años cincuenta, Guillermo Thorndike 
- "Última Hora, el rey de los tabloides", Guillermo Thorndike 
- "Memorias de una pasión. La prensa peruana y sus protagonistas, Tomo I (1948-1963)", Domingo Tamariz Lúcar 
- Testimonio de Mario Vargas Llosa